El dólar se fortalece al calor de la guerra, pero arrastra dudas de fondo

La historia del dólar en los últimos meses es la de una moneda que parecía debilitada… hasta que estalló la guerra. Como tantas veces en el pasado, el conflicto ha devuelto al billete verde su papel de refugio global, impulsándolo tras un 2025 especialmente adverso. Pero bajo ese rebote, los analistas ven más fragilidad que fortaleza estructural.

Antes del enfrentamiento con Irán, el dólar ya venía cediendo terreno. El deterioro fiscal en Estados Unidos, las tensiones comerciales y la expectativa de bajadas de tipos por parte de la Reserva Federal habían erosionado su atractivo. Incluso se consideraba que estaba sobrevalorado, lo que reforzaba la idea de una corrección pendiente.

La guerra alteró ese escenario de forma abrupta. El aumento de la incertidumbre global, junto con el encarecimiento del petróleo, reforzó la demanda de activos seguros. El crudo se disparó en cuestión de días, alimentando temores inflacionarios que, a su vez, complican cualquier giro acomodaticio de los bancos centrales. En ese contexto, el dólar recuperó protagonismo.

La Reserva Federal ha contribuido a sostener ese impulso al mantener los tipos de interés sin cambios. Su presidente, Jerome Powell, advirtió que el conflicto introduce una "nueva inflación", un factor que obliga a actuar con cautela. Esa combinación —tensión geopolítica e inflación persistente— ha sido históricamente favorable para la divisa estadounidense en el corto plazo.

Sin embargo, el trasfondo apenas ha cambiado.

Los mismos elementos que presionaban al dólar antes de la guerra siguen presentes: déficit creciente, dudas sobre la política económica y cierto desgaste en la confianza internacional. Por eso, muchos expertos consideran que el actual repunte tiene más de reacción puntual que de tendencia duradera.

En ese sentido, desde Morningstar apuntan a que, una vez pase el shock inicial, el mercado volverá a mirar los fundamentales. «es probable que los mercados se centren de nuevo en las condiciones macroeconómicas subyacentes, como la moderación de la inflación y la posibilidad de recortes de tipos por parte de la Reserva Federal, lo que ejercería presión a la baja sobre el dólar», afirma Muhammad Hamza Saleem, analista de renta fija y divisas de Morningstar Investment Management.

De hecho, añade que «la fortaleza del dólar es evidente desde el principio» pero también que «se desvanecerá a medida que se recupere el apetito por el riesgo y se normalicen las condiciones financieras mundiales».

El comportamiento reciente del mercado ya deja entrever esa dualidad. El índice del dólar ha reaccionado con rapidez tanto a las tensiones como a cualquier señal de distensión, reflejando hasta qué punto la divisa está hoy ligada al pulso geopolítico.

Un rebote condicionado por la duración del conflicto

El futuro inmediato del dólar depende, en gran medida, de cuánto dure la guerra.

Si el conflicto se resuelve con relativa rapidez, el actual impulso podría disiparse pronto. La estabilización del petróleo y la normalización de los flujos comerciales devolverían el foco a la política monetaria y al crecimiento económico. En ese escenario, la presión bajista sobre el dólar reaparecería.

«Esto reabriría la puerta a una política monetaria expansiva de la Reserva Federal y reduciría los diferenciales de tipos de interés, ambos factores que suelen ser negativos para el dólar», señala Saleem. A partir de ahí, anticipa «una depreciación gradual a medida que aumenten las tensiones fiscales, se modere el impulso del crecimiento y las tendencias de diversificación de las reservas mundiales sigan alejándose del dólar».

Ese movimiento vendría acompañado de un cambio en el comportamiento de los inversores, que «volverán a invertir en activos internacionales de mayor volatilidad y subvalorados, lo que provocará una depreciación generalizada del dólar».

El escenario opuesto: una guerra prolongada

Pero si el conflicto se alarga, el guion cambia. Un petróleo elevado durante más tiempo mantendría la inflación bajo presión y limitaría el margen de actuación de los bancos centrales, especialmente fuera de Estados Unidos.

«Unos precios del petróleo persistentemente altos mantendrían la inflación elevada y retrasarían o limitarían la capacidad de la Reserva Federal para flexibilizar su política monetaria, lo que reforzaría un entorno de tipos de interés elevados durante un período prolongado en Estados Unidos», afirma Saleem.

Además, las economías más dependientes de la energía verían deteriorarse sus perspectivas, lo que jugaría a favor del dólar. «Las economías importadoras de energía se enfrentarían a un deterioro de sus balanzas comerciales y a un menor crecimiento, lo que ejercería presión sobre sus monedas», explica. «Sumado a la continua demanda de activos refugio, esto probablemente fortalecería el dólar a largo plazo, especialmente frente al euro, el yen y muchas monedas de mercados emergentes».

Desde Wells Fargo, Gary Schlossberg apunta en la misma dirección: "Incluso sin la demanda de activos refugio, la economía estadounidense está en mejor posición para resistir la presión como exportador de petróleo, y con el estímulo fiscal en marcha [proveniente de la Ley One Big Beautiful Bill]".

Una fortaleza con límites

En definitiva, el dólar vive un momento de aparente solidez que, sin embargo, se apoya en un factor excepcional: la guerra.

Cuando ese factor desaparezca, todo apunta a que volverán a imponerse las fuerzas de fondo que venían debilitándolo. Entre ellas, el elevado endeudamiento y una creciente reconfiguración del sistema financiero internacional.

El billete verde sigue siendo el refugio por excelencia en tiempos de incertidumbre. Pero incluso los refugios tienen límites cuando la tormenta amaina.

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